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La traición que llevó a Vicente Guerrero a la muerte

Las leyes mexicanas habían diseñado una estructura de mando político mal pensada y peor instrumentada, en lo que tocaba a la figura de la vicepresidencia, que se asignaba… al candidato perdedor en las elecciones. Es decir, al presidente de la República le tocaba “dormir con el enemigo”, pues su principal contrincante político despachaba a unos pocos metros de él, con rango de vicepresidente. Tal disposición generó problemas sin cuento a lo largo del siglo XIX, y , del mismo modo que el presidente Guadalupe Victoria hubo de enfrentar la sublevación de su vicepresidente, Nicolás Bravo, Guerrero se enteró, en los primeros días de diciembre de 1829, que su vicepresidente, Anastasio Bustamante, empleando las tropas emergentes, anunció, desde Jalapa, que lo desconocía, y exigía al Congreso la restauración del orden constitucional, roto por la designación de Guerrero como presidente

 

“La historia de México tiene algunas páginas oscuras”, escribió Manuel Payno, al referirse a los sucesos que condujeron a Vicente Guerrero a la muerte. “Esta es negra, y ni los años, ni el polvo del olvido, serán bastantes para borrarla”, agregó el escritor, cuarenta años después de aquellos sucesos. Tenía razón Payno: para los mexicanos de fines del siglo XIX, la traición cometida por un marino italiano, y que condujo a Guerrero ante un pelotón de fusilamiento, era una historia muy conocida, y a nadie le cabía duda de que se trataba, muy probablemente del peor ejemplo de deslealtad que podía encontrarse en el pasado nacional.

Pero, ¿cómo había ocurrido? ¿Quién era aquel personaje, que, abusando de la confianza que se le tenía, accedió a emboscar a Guerrero? ¿Cuánto había costado su lealtad?

UN GOBIERNO DE POCOS MESES

El desconocimiento de las elecciones de las que saldría el sucesor del presidente Guadalupe Victoria fue costoso para la ciudad de México: tragedia, muerte y destrucción era el saldo del tristemente célebre Motín de la Acordada. El pretexto inicial era el triunfo, en aquellos comicios de 1828, de Manuel Gómez Pedraza. Amedrentado por el caos que desataron los inconformes, que azuzaron al pueblo para sumir a la capital del país en la violencia, el Congreso dio marcha atrás en el proceso electoral, y el 12 de enero de 1829 declaró presidente a Vicente Guerrero y vicepresidente a Anastasio Bustamante.

Guerrero asumió la presidencia el 1 de abril de 1829. Solamente gobernaría ocho meses. Desde el principio fue muy criticado por la élite de la ciudad de México, que se olvidaba de su pasado de insurgente; de hecho, el único que logró resistir los embates de las fuerzas realistas, desde sus bases en las montañas del sur. 

De Vicente Guerrero se criticó su escasa instrucción, sus modales, calificados de “rústicos”, su muy probable ascendencia africana. Fueron numerosos los críticos que opinaron que una persona que leía y escribía trabajosamente, no debió llegar a la presidencia de la República. 

Para gobernar, Guerrero se rodeó de sus correligionarios, pertenecientes a la logia masónica llamada “Yorkina” en nuestro país. Se apoyó mucho en el que fue su ministro de Hacienda, Lorenzo de Zavala, quien, entre otras cosas, lo acercó al embajador de Estados Unidos, Joel Poinsett, que, de inmediato, le tomó la medida al insurgente que había llegado a la presidencia:

Guerrero es un hombre inculto, pero posee un excelente talento natural, combinado con una gran decisión de carácter e indudable valor. Su temperamento violento le hace difícil controlarse, y por lo mismo considero que la presencia de [Lorenzo de] Zavala es absolutamente necesaria aquí, por cuanto ejerce una gran violencia sobre el general”. De hecho, Zavala era, en la práctica, el verdadero hombre fuerte en la presidencia.

La breve gestión presidencial de Vicente Guerrero estuvo llena de complicaciones y de decisiones poco atinadas: fue Guerrero quien firmó el decreto de la población española, propiciando la violencia popular. En julio de 1829, llegó a las costas de Tamaulipas el militar español Isidro Barradas, quien pretendía una “acción de reconquista”. Las tropas enviadas a combatirlo, encabezadas por Antonio López de Santa Anna y Manuel Mier y Terán, aplastaron al iluso de Barradas, que estaba convencido de que, no bien pusiera un pie en tierra firme, todos los mexicanos inconformes con el sistema republicano se le unirían para reconquistar México. Nadie fue a declararle lealtad, y Santa Anna lo derrotó en Tampico.

Un mes después de la intentona de Barradas, Poinsett quiso aprovechar el buen concepto en que lo tenían en Palacio Nacional e hizo una oferta audaz: Estados Unidos deseaba comprar el territorio de Texas por unos cuantos millones de pesos. Desde luego, fue rechazado. 

Así pasaban los días del presidente Guerrero. En uno de esos casos en los que uno no sabe para quién trabaja, el mandatario había formado otro ejército, en prevención de que fuese necesario enviar refuerzos contra Barradas. Aquellas tropas estaban repartidas en Orizaba, Córdoba y Jalapa, pensando en la necesidad de contener un ataque al puerto de Veracruz, y las comandaba el vicepresidente Anastasio Bustamante.

Las leyes mexicanas habían diseñado una estructura de mando político mal pensada y peor instrumentada, en lo que tocaba a la figura de la vicepresidencia, que se asignaba… al candidato perdedor en las elecciones. Es decir, al presidente de la República le tocaba “dormir con el enemigo”, pues su principal contrincante político despachaba a unos pocos metros de él, con rango de vicepresidente. Tal disposición generó problemas sin cuento a lo largo del siglo XIX, y , del mismo modo que el presidente Guadalupe Victoria hubo de enfrentar la sublevación de su vicepresidente, Nicolás Bravo, Guerrero se enteró, en los primeros días de diciembre de 1829, que su vicepresidente, Anastasio Bustamante, empleando las tropas emergentes, anunció, desde Jalapa, que lo desconocía, y exigía al Congreso la restauración del orden constitucional, roto por la designación de Guerrero como presidente.

Se precipitó el final de la gestión de Guerrero: pidió licencia al Congreso para marchar a Veracruz, y enfrentar a las tropas sublevadas. Apenas dejó la ciudad, muchos de los hombres que iban con él prefirieron desertar. La guarnición de la ciudad de México, no bien perdió de vista al presidente, anunció que también lo desconocía. 

Pero Guerrero no renunció a la presidencia. Envió al Congreso una carta, en la que confiaba en la decisión de los legisladores. Los diputados ignoraron la misiva, y, mirando que los vientos soplaban en favor de Bustamante, anunciaron que el presidente Guerrero estaba “inhabilitado mentalmente” para gobernar.

Guerrero regresó a las montañas del sur,que conocía tan bien. Allá fueron a perseguirlo las fuerzas de Bustamante, mientras el ministro de Relaciones Exteriores, José María Bocanegra, asumía la presidencia de manera interina.

Pero atrapar a Guerrero iba a costar tiempo y esfuerzo. Del mismo modo que en los días de la lucha insurgente, sus rivales se dieron cuenta de que, mientras el presidente en desgracia siguiera en aquel territorio que conocía como la palma de su mano, no podrían derrotarlo.

Solo quedaba el camino de la traición.

APARECE EL MARINO PICALUGA

A lo largo de 1830, Vicente Guerrero se hizo fuerte en las montañas del sur, sin que Bustamante lograra aprehenderlo. Mientras el presidente perseguido no hiciera una renuncia formal, Bustamante seguiría siendo vicepresidente en ejercicio de la presidencia. En vano, el canciller de Guerrero, Bocanegra, había reclamado “no demos más escándalo al mundo”. Un año había transcurrido y las cosas seguían igual.

José Antonio Facio ocupaba el ministerio de Guerra. Apoyado por el gobierno entero, inclusive por Lucas Alamán, entró en tratos con un marino italiano, Francesco Picaluga, capitán de un bergantín, el Colombo, que navegaba con bandera de Cerdeña. Los testimonios de la época aseguran que Picaluga era amigo cercano de Vicente Guerrero, hombre “de toda su confianza”. A él se acercó Facio, y le ofreció ¡cincuenta mil pesos! una verdadera fortuna, a cambio de entregarles al perseguido. Algunas versiones afirman que la recompensa era aún mayor: sesenta mil pesos. Eso valía la cabeza de Vicente Guerrero.

El Colombo ancló en el puerto de Acapulco, y Picaluga hizo llegar un mensaje a Guerrero, que se encontraba en su base de operaciones, el cercano fuerte de San Diego. El presidente en desgracia aceptó confiado, y salió de su refugio, aceptando la invitación del que creía su amigo.

A bordo del Colombo, había un banquete espléndido. La comida fue alegre, cálida, como son los encuentros de amigos. Terminando, Picaluga le notificó a Guerrero que era su prisionero. Indefenso, encadenado, sin forma de llamar a sus hombres en San Diego, Guerrero fue llevado rápidamente a Huatulco, donde el marino italiano cobró sus cincuenta mil pesos, al entregar a un capitán, Miguel González, al preso, que fue conducido a Oaxaca. Allí, se montó una farsa; un simulacro de consejo de guerra, que procesó, en unas pocas horas, a Vicente Guerrero, acusado de rebelión, usurpación, e incluso por intentar vender Texas a Estados Unidos. Otro general, Valentín Canalizo, llevó el inusualmente rápido y eficaz proceso, en el que, por cierto, no hubo un defensor para el acusado.

Declarado culpable de todos los cargos, Guerrero fue trasladado a Cuilapam, donde lo fusilaron el 14 de febrero de 1831. 

Ya nadie lo recuerda, pero aquel asesinato sí provocó “el escándalo del mundo”. Incluso, cinco años después, el almirantazgo de Génova declaró que Francesco Picaluga era “enemigo de la patria”, por su participación en el crimen, y advirtió que, de volver a su tierra, sufriría pena de muerte.

Pero a fines de 1870, nadie sabía del paradero de Picaluga, el traidor. “Bergantín y capitán desaparecieron como si un monstruo del océano los hubiera devorado”, escribió en esos días Manuel Payno, que le seguía la pista a aquella historia. “Es un misterio: unos dicen que se le ha visto en las calles de México, otros afirman que se hizo mahometano y vive en un harén en Turquía. Otros aseguran que se le ha visto en un convento en Tierra Santa, haciendo vida de penitencia para expiar en la tierra el horrendo crimen que cometió”.

Incluso circuló una leyenda que rayaba en lo irreal, según la cual, Anastasio Bustamante, exiliado -a él también lo derrocaron- pasó por Jerusalén, y ahí se le acercó un monje, que le dijo: “¿ya no me conoce, general? Aquí estoy, rogando a Dios por usted y por mí: soy Francesco Picaluga“.

Pasaron noventa años antes de que se aclarara el misterio del paradero del traidor.

LA TUMBA DE PICALUGA

Fue el ingeniero y militar Amado Aguirre quien, juntando indicios a través del tiempo, supo dónde había quedado el cuerpo de Francesco Picaluga. En 1896 leyó una nota en un periódico de Mazatlán, que, recordando el aniversario de la muerte de Guerrero, señalaba que el marino italiano se había cambiado el nombre y había fundado una familia en aquel puerto.

A lo largo de dos años, Aguirre intentó obtener más información. Pudo averiguar que Picaluga, con el nombre de Juan Pazador, había llegado a Mazatlán en 1855. Sacó en claro Aguirre que no eran pocos los marinos viejos que sabían de la verdadera identidad de aquel hombre. Pero un muro de silencio le impidió ir más a fondo: nadie quería responder a sus preguntas.

Pasaron los años. Aguirre, de ideas liberales, se sumó a la revolución; fue jefe del Estado Mayor del general Manuel Diéguez, diputado constituyente en 1917, y después secretario de Comunicaciones del gobierno de Álvaro Obregón.  En 1921, antes de que empezara la gestión presidencial obregonista, Amado Aguirre logró averiguar el destino final de Picaluga: su posición política le allanó el camino y abrió la boca de los que años antes se habían negado a hablar.

Esto fue lo que ocurrió: Una vez cobrados los 50 mil pesos, Picaluga se dirigió al puerto de San Blas, y de ahí se mudó a la ciudad de Tepic, donde casó con una mujer llamada Cruz Flores. Con ella se marchó a Mazatlán, donde abrió una gran casa de comercio. No tuvo hijos, pero sí adoptó varios jóvenes. Se cambió el nombre y dejó atrás su pasado.

La esposa de Pazador heredó de su hermana, en 1857, un gran capital, que Picaluga/Pazador invirtió en la industria de palo de Brasil. Sobrevino una crisis en el mercado europeo y el negocio fracasó. Abrumado por la ruina total, Francesco Picaluga, alias Juan Pazador, se suicidó pegándose un tiro, dejando a su familia en la miseria.

Las indagaciones de Aguirre lograron establecer la fecha del suicidio de Picaluga: 29 de marzo de 1859.  Alguna de las tantas historias que le contaron al revolucionario del siglo XX afirmaba que, en la tumba de Juan Pazador alguien había puesto una inscripción: “Este es el traidor Picaluga“. 

Así, como “el traidor”, Picaluga pasó a los libros de historia. Muchas generaciones de mexicanos así lo aprendieron. Cuando en 1960 se produjeron los libros de texto gratuito por primera vez, en el libro de Historia de cuarto año, ahí estaba representada la aprehensión de Vicente Guerrero, que también se conserva, en forma de maqueta, en la Galería de Historia, en el Bosque de Chapultepec, inaugurada en ese mismo 1960. La reforma educativa de los años 70 sacó de la narrativa histórica escolar la historia de la traición de Picaluga, que ahora es apenas una curiosidad histórica, y que en su momento fue un escándalo que rebasó las fronteras nacionales.