Internacionales

Hay un coronamundo anterior al coronavirus

Miami, Estados Unidos, Venezuela, Caracas

El director del Hospital covid–ogr y el jefe de la brigada médica cubana, junto a otros especialistas, visitamos un Dormitorio que atiende en Turín a los más necesitados: los «sin casa», que en el argot eufemístico de los especialistas suelen ser llamados «personas en situación de calle». Un segmento del edificio se destina a los consumidores de drogas, y otro, a las mujeres que han sido víctimas de tráfico humano. Las que «viven» en la calle (en este centro se reciben mujeres) acceden solo en la noche –comida y cama–, y nunca de forma permanente. Es un salvavidas sobre el asfalto de la urbe. La pandemia y el necesario recogimiento en los hogares, obligó a la institución –en la que laboran abnegadas trabajadoras sociales–, a mantener en el edificio a las que primero llegaron. Hace un mes que permanecen entre sus paredes 14 de ellas. No hay más camas, pero no pueden retenerlas por más tiempo. Sus directivos solicitan a las autoridades de la Salud una capacitación epidemiológica mínima. ¿Cómo debe comportarse una persona «en situación de calle» para no enfermar de coronavirus? ¿Qué medidas preventivas deben tomarse en el ordenamiento de la vida interna del Hogar? La solicitud es para los epidemiólogos cubanos

El director del Hospital covid–ogr y el jefe de la brigada médica cubana, junto a otros especialistas, visitamos un Dormitorio que atiende en Turín a los más necesitados: los «sin casa», que en el argot eufemístico de los especialistas suelen ser llamados «personas en situación de calle». Un segmento del edificio se destina a los consumidores de drogas, y otro, a las mujeres que han sido víctimas de tráfico humano. Las que «viven» en la calle (en este centro se reciben mujeres) acceden solo en la noche –comida y cama–, y nunca de forma permanente. Es un salvavidas sobre el asfalto de la urbe. La pandemia y el necesario recogimiento en los hogares, obligó a la institución –en la que laboran abnegadas trabajadoras sociales–, a mantener en el edificio a las que primero llegaron. Hace un mes que permanecen entre sus paredes 14 de ellas. No hay más camas, pero no pueden retenerlas por más tiempo. Sus directivos solicitan a las autoridades de la Salud una capacitación epidemiológica mínima. ¿Cómo debe comportarse una persona «en situación de calle» para no enfermar de coronavirus? ¿Qué medidas preventivas deben tomarse en el ordenamiento de la vida interna del Hogar? La solicitud es para los epidemiólogos cubanos.

Unos días más tarde se inician las charlas educativas sobre la covid-19. Siete mujeres, seis de ellas nigerianas, y una señora marroquí, escuchan la explicación pormenorizada del doctor René Abeleira: cómo y cuándo lavarse las manos, cómo quitarse el nasobuco, qué distancia mantener entre personas, cuáles son las cantidades de cloro requeridas en cada caso para las manos, las superficies y los zapatos, entre otros temas. En unos días, saldrán de nuevo a la calle, que es la real, la única casa que tienen. Entre las «alumnas» hay tres mujeres que son víctimas del tráfico humano.

Al principio se respira expectación, incluso desconfianza, pero en la medida en que avanza la charla, que incluye demostraciones del traductor y de las alumnas, siempre aplaudidas por las compañeras, se distiende el ambiente. Hay una que anota con esmero, como una escolar. En realidad, no importa la edad, parecen niñas. Se divierten, preguntan. No sé si podrán cumplir las normas que explica René, no sé si después tendrán nasobuco, si guardarán distancia de los otros –¿de sus explotadores?–, si podrán lavarse las manos con la frecuencia necesaria. No sé cuánto sobrevivirán. Pero hoy sienten que se preocupan por ellas.

Me habían advertido que no permitirían ser fotografiadas, pero ahí están todas reunidas junto a las asistentes sociales y al profesor cubano, mirando a la cámara que sostengo en las manos.

Regresamos otro día al Dormitorio. Esta vez se reúnen las siete restantes: italianas, rumanas, una alemana  –¿habrá que decir, a estas alturas, del Este?– y una dominicana. No son jóvenes. La alemana y las rumanas, conocieron el socialismo –no importa si manco o cojo– de sus respectivos países. Trato de entender sus rostros, serios o sonrientes, sus mundos ocultos. ¿Con quiénes chatean en sus celulares, mientras hablamos? No intento inmiscuirme. Dos de ellas padecen enfermedades mentales. El doctor Abeleira y el traductor Michele explican las medidas de protección imprescindibles para la sobrevida en tiempos de pandemia. Al salir, nos detenemos en el jardín de la institución. En un país, donde abundan palacios rodeados de jardines, este no sobresale. Pero las rosas son grandes, diría que enormes, y las hay rojas púrpuras, blancas, rosadas, amarillas. De repente, los cubanos estamos todos fotografiándolas. En esta primavera incierta, las flores son el símbolo más evidente de la vida. En mi cuarto veo un pequeño reporte filmado del centro en el que se muestra y menciona la colaboración cubana, e identifico a una de las alumnas cuando le dice al periodista, que indaga por su mayor deseo, con la voz quebrada, y el rostro oculto: «tener una vida normal».

 

EL TSUNAMI QUE NO SE PREVIÓ

La concentración poblacional –dicen los especialistas–, y su interacción laboral en las grandes fábricas y empresas, contribuyó a la rápida difusión del virus. La ciudad –lo mismo ocurriría en otras ciudades y países europeos– no avizoraba el peligro, ni estaba preparada para enfrentarlo. Faltaba, sobre todo, conciencia de su inminencia y magnitud. En un pueblo pequeño como Crema (Lombardía), el doctor Germano Pellegata, director general de su hospital, me contaba: «Cuando llegó la brigada cubana estábamos en una situación casi de colapso, teníamos 310 enfermos en el hospital, más los que se atendían en el primer Socorro, que tenía camas en cualquier lugar. Llegaban 30, 40 personas al mismo tiempo y se quedaban allí, porque no había espacio en el hospital. Llegaron los cubanos al hospital de campaña, empezaron a trabajar, y fue un alivio para los médicos italianos. Entender por qué pasó exactamente aquí, es algo que deberemos estudiar».

El doctor Giovanni Di Perri, responsable de Enfermedades Infecciosas del Hospital Amedeo di Savoia de Turín, ofrece una cifra que estremece: «el 11 % de los enfermos de la covid-19 son trabajadores de la Salud, no teníamos suficientes mascarillas y dispositivos para su protección». En un mundo tan tecnificado, no parecían necesarios esos implementos. Los cubanos, con experiencia de otras epidemias en Cuba y en otros muchos países, incluida la batalla contra el ébola en África Occidental, aportaron una visión más estricta sobre el significado de la protección. El doctor Pellegata lo dice claramente: «Los primeros días nos regañaban, porque muchos intentaban entrar al hospital sin tener la protección debida, son muy precisos, y dijeron, hay que cambiarse aquí y hacer las cosas de esta manera».

VISIÓN DE UNA ENFERMERA ITALIANA

Conversé con la enfermera Alessandra Monzeglio. No voy a transcribir sus palabras. Se trata de una mujer recia, con amplia experiencia en la profesión y en la administración de Salud. Enfermó de cáncer y lo superó. Entonces, pensó en una vida más dedicada a sí, junto a su hija. La covid-19 la llamó a filas y no pudo resistirse: esta es una profesión que se lleva en el alma. Fue sincera al enumerar lo que entonces sabía de Cuba: «el ron, el tabaco, el baile, el mar y nada más». Creo que si yo respondo en similares términos a la misma pregunta, pero sobre Italia, sería muy mal calificado. Pero los del Sur somos más abiertos. Y ella no es, en absoluto, una mujer arrogante. Es importante entender su contexto, y saber que estuvo dispuesta y fue capaz de romper los estereotipos. «Con lo poco que sabía –continuó–, que es lo que una estudia en la escuela, pensaba que la situación sanitaria en Cuba era mucho más atrasada. Fue una sorpresa conocer la existencia de estas misiones».

Al principio estaba preocupada: los enfermeros italianos son muy jóvenes, la mayoría recién termina la Universidad, y esta es su primera experiencia hospitalaria. «Sin embargo, ya estoy tranquila, veo que todo marcha bien. Los médicos italianos suelen aceptar el diagnóstico que proporciona la tecnología, a los estudios por imágenes, y mantienen la distancia, no tienen mucho contacto físico con el paciente; los cubanos, en cambio, tocan al paciente, lo investigan más, se acercan a él». No quiso terminar el encuentro sin expresar una idea: «Estoy muy agradecida de vivir esta experiencia, contenta de estar aquí. Lo cierto es que Italia recibió ayuda de países que tienen mucho menos, como Cuba y Albania, un país vecino pobre. Mientras que países ricos y vecinos como Francia y Alemania cerraron la frontera y se aislaron, los cubanos atravesaron el Océano para venir a ayudarnos. Es algo que nos tiene que hacer reflexionar: que las personas que tienen menos que uno sean las más dispuestas a ayudar. La gente debe reflexionar sobre esto».

LOS CAMINOS

En el borde exterior de la pandemia hay dos caminos, uno nos puede conducir a la extinción. Mis entrevistados, médicos, políticos, son pesimistas. Todos hablan de cambios, pero como siempre, los adecuan a sus intereses y a veces, incluso, a intereses ajenos. El escriba oficioso del imperialismo, Andrés Oppenheimer, sugiere que la clave está en la sicología: sueña con que el virus desestimule a los inconformes en «sociedades profundamente divididas», y sobrevenga la paz en ellas, la paz, sea dicho claramente, entre quienes seguirían siendo explotados y explotadores. Es tan evidente –y está tan de moda decirlo– la necesidad de un cambio, que una proclama que llama a transformar «el orden económico y social del mundo», aparece firmada por una constelación de estrellas de Hollywood; algunas de ellas cuesta imaginarlas en ese otro mundo necesario.

Un grupo de economistas, sin embargo, presenta la solución inversa: la extinción del socialismo cubano. Mi admirado Atilio Borón insiste en que no son los virus –ni los autoproclamados think tanks, añado yo, en inglés, como les gusta llamarse–, sino los pueblos, los que cambian la historia, pero advierte: «un espectro ronda no solo por Europa, sino por todo el mundo: el espectro del poscapitalismo».